Improvisar con los Story Cubes

Si algo sabemos que es importante en la formación de un músico es la capacidad para improvisar. La improvisación es la mejor manera de explorar el instrumento y de explorarse a sí mismo, salirse de la zona de confort sin saber a dónde irás a parar, mientras moldeas un paisaje sonoro solo o en grupo.

Para mí, una herramienta fundamental para introducir la improvisación en clase de instrumento, de lenguaje musical y de combo, son los Story Cubes.

Los Story Cubes los descubrí hace unos años, cuando entrenaba con un grupo de impro teatral. Sí, lo habéis leído bien: entrenaba. Porque la improvisación se entrena. Aunque el resultado pueda parecer una cosa mágica, solo sucede si antes el improvisador se ha expuesto a ello varias veces y si ha sido capaz de trazar unas vías de acceso rápidas a sus recursos.

Los recursos de cada improvisador se adquieren con todo: tocando, leyendo (partituras, en nuestro caso), escuchando, asistiendo a conciertos, preguntando y observando… vamos, lo que se conoce como background.

La capacidad de improvisar es someterse a situaciones en las que hay que solucionar y tirar para adelante, con ánimo de jugar y probar (vamos, para pasarlo bien), por lo que hace falta tener un acceso ágil hacia lo que queremos que salga de nosotros -desde una nota concreta hasta una sonoridad indeterminada- y, sobre todo, mucha confianza en que las cosas van a salir bien, es decir, que cualquier resultado que nos dé la interacción será buena.

Siempre con la premisa de que improvisar es jugar, jugar y jugar.

Por lo que todo eso puede significar para una persona (conocerse, verse capaz y confiar en sí misma) tenemos que intentar crear momentos de trabajo libre y creativo a nuestros alumnos, para entrenarlos en la capacidad de desenvolverse en medio de una vorágine de sonidos.

Volviendo a los Story Cubes

La verdad es que me han funcionado muy bien y nos hemos divertido muchísimo mis alumnos y yo. Normalmente lo empiezo a usar sobre los 10 años, aproximadamente, aunque supongo que no hace falta ni decir lo mucho que pica la improvisación a los adolescentes.

Pero bueno, vayamos por pasos.

Los Story Cubes son unos dados con imágenes. Esas imágenes pueden indicar personajes, acciones… aunque siendo sincera: indican lo que cada uno sepa leer e interpretar de las mismas.

En la caja hay nueve dados. Pensad por un momento cuánta información tenemos:

9 dados x 6 imágenes por dado = 54 ideas

Cambiaremos imágenes por ideas, ya que así no nos cerramos la cabeza con si se trata de acciones o de objetos. Ideas está bien.

Hay muchas maneras de jugar, pero en principio, de forma básica, podemos repartir los dados o dejarlos todos en el centro. Eso lo he hecho dependiendo de cuánta gente entrenemos. Ambas maneras son igual de efectivas.

Por turno, cada jugador (¡en impro somos jugadores!) lanza un dado y crea su cachito de historia inspirándose en la idea que le ha salido.

Se puede hacer más complicado y largo si cada jugador tira dos o más dados y crea su trocito de historia con todas las ideas que salen.

Pues bien, para romper el hielo y ver cómo funciona el juego, siempre empiezo jugando una ronda hablada, es decir, el juego tal cual contado, sin instrumentos, creando la historia de forma oral. Luego, cuando ven cómo funciona y que absolutamente todas las ideas  son válidas, agarramos nuestros instrumentos y nos ponemos a tocar.

Lo importante aquí no es la idea que la persona extraiga, sino la idea que saquen todos del sonido que reproduce la persona que ha tirado el dado. Cada músico recibe el input de una imagen, saca un sonido y los demás se suman. La historia es la acumulación y la adaptación de los unos a los otros. Al final, la imagen detonante es lo de menos.

Las dos únicas consignas que doy son:

  • TODO es válido
  • No se puede hablar, solo tocar

Y a partir de ahí, tocar, jugar y probar. Muchas veces, grabo una de las últimas improvisaciones para que se puedan oír y puedan comprobar que sí, efectivamente hemos montado una historia juntos, aunque nadie sepa qué dados ha sacado el otro.

Estructura

Si algo puede resultar difícil y lioso en una improvisación es la estructura formal, es decir, la forma que adquiere una canción (o una historia).

Lo que suelo hacer es repartir los dados en tres grupos: intro – desarrollo – final.

 

 

 

 

 

Al principio, monto los grupos con el mismo número de dados cada uno: 3+3+3. Más tarde, inventamos estructuras distintas.

Lo bonito es que, una vez hemos vivido lo que eso significa, la estructura queda interiorizada y la manera de improvisar en grupo también. Es decir, resulta que siempre hay una intro en la que se empieza con una idea a modo de presentación, a la cual se le van sumando con nuevas ideas los demás músicos; más tarde sucede algo que lo cambia, que lo desarrolla, que suma intenciones, sensaciones… ¡pasan cosas! Y todos lo vivimos juntos y nos adaptamos para que el desarrollo suceda en conjunto; al final, todo se acaba, surgen nuevas ideas que nos llevan a acabar, a buscar un final en grupo, y la historia suele acabar con una respiración conjunta.

En algunas ocasiones puedes estipular un director/a para toda la impro o simplemente dejar que sea la misma música y el mismo “respirar en grupo” que haga que se termine todo a la vez. Dehecho, esta última opción es la que más me gusta.

También puedes marcar consignas a cada músico para acotar la búsqueda en su instrumento y sacarlo de su zona de confort, para que pueda explorar otras opciones sonoras, por ejemplo: que el pianista solo utilice las cuerdas el piano, no puede tocar ni una tecla; el violinista solo puede tocar las notas de dos en dos; y así con cada uno de los instrumentistas.

 

 

 

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Author: Maria Rosa

Músico y Técnico Especialista en Educación Infantil.

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