Medio siglo de Beck o el viaje sin fin

Este 8 de julio cumple 50 años Beck. Este músico menudo, con cara de niño empanado, la sempiterna greñita rubia y el mismo halo de white trash gangsta medio marciano, medio hípster y medio Asperger, ha desarrollado una de las carreras más prolíficas, variopintas y singulares de la música “alternativa”. A Beck lo ubicarías con la misma facilidad pinchando en un chiringuito de surferos, de batería en una banda de trash metal, escuchando New Wave británico con los friquis de la clase de poesía o ataviado con chándal tres tallas más grandes y fumando porros en el aparcamiento del instituto. Seguramente todas las anteriores son correctas.  

Su trayectoria podría resumirse en un acopio esmerado e insaciable de estilos, sonoridades y ángulos distintos desde los que interpretar e incorporar música. En Beck, el leit motiv es cantar lo que le salga de las narices, explorar allá donde le lleve la curiosidad sin ningún miedo y molar, molar por encima de todo, de una forma despreocupada, pero con la avidez del aventurero; sofisticada, pero auténtica; acaso limitada en algunos aspectos, pero honesta y generosa.

Beck suena como si metieras en una batidora MC callejeros, cantautores folk y country, algo de psicodelia latina y música lounge, dejes punk y trash y mucho funk, rock, blues y electrónica. Como dejar solo durante varios meses a un chaval con mucho tiempo, curiosidad y sensibilidad en un almacén con miles de discos de lo más dispar, desde scat hasta techno pasando por boogaloo o música tradicional. Cualquier sonido que llegaba a su juvenil oído era susceptible de ser regurgitado y depositado en el cerebro en formación del que llegaría a ser músico interdisciplinar y productor de reconocimiento cuasi planetario, con numerosos galardones en su haber y varios discos multipremiados (Odelay, Sea Change o Morning Phase) y presentes en varias de esas listas de “Los 500 mejores discos de la historia” que tanto les gusta hacer a las revistas anglosajonas de la industria.

Nuestro héroe nació en una familia con un bagaje artístico de lo más potente. Su madre, la artista visual Bibbi Hansen, fue asidua de la Factory de Andy Warhol (y su padre, Al Hansen, también artista, perteneció al movimiento Fluxus). El padre de Beck, David Campbell, es arreglista, compositor y director musical. Pero a pesar de gozar de tamaño pedigrí cultural y bohemio, no se puede decir que el pequeño Beck gozara de muchas ventajas materiales. Tras dejar el instituto, sobrevivir malamente en trabajitos varios y pasar temporadas con abuelos, se mudó a Nueva York en 1989 con poco más de 8 dólares y una guitarra. Malvivió en la calle y en sofás de amigos durante un tiempo, durante el cual pasó a formar parte de la escena anti-folk y de performance con algunos artistas que repudiaban todo lo que pudieran considerar comercial y fruto de consignas establecidas, pero a pesar de vivir experiencias nutritivas en lo espiritual no consiguió un contrato discográfico ni tampoco un lugar donde quedarse.

Regresó poco después a Los Angeles, donde entre otros pasatiempos se hizo un carné falso de estudiante para acudir como oyente a algunas clases y, sobre todo, acceder a los fondos de la biblioteca de la universidad pública comunitaria de la ciudad. Allí se hizo con partituras, discos y otros materiales con los que saciar su sed de descubrimiento y de sonidos. En sus primeras incursiones se acercó especialmente al hip-hop, el anti-folk y el noise, y durante un tiempo dio conciertos donde su gusto por tener tentáculos en diferentes estilos musicales iba acompañado de performances verdaderamente bizarras, dando cuenta de una capacidad natural para salirse del marco y de que el tío es bastante personaje. Él mismo lo dijo: “I didn’t want to do something typical”. Y desde luego cumplió.

Beck en 1994

Su llegada a la industria “pesada” llegó con Mellow Gold (1994), en el que deja volar libre su voz extrañamente nasal y su rapeado disfuncional, efectivo y tan personal. El mundo indie se dejó seducir rápidamente por el single “Loser”, quejido generacional e irónico cuya actitud, ambiente neblinoso y lisérgica —aunque él la consideraba mediocre y sólo la lanzó por insistencia de su productor— y mucho lo-fi emanan de cada compás, y también de los otros temas del álbum. Vi en una entrevista de 1994 que, cuando le preguntaron cómo se sentía ante el éxito arrollador de “Loser”, contestó “es como surfear en un vertido de petróleo”. Así es Beck. Desde el final de banda sonora de western apocalíptico de “Whiskeyclone, Hotel City 1997” a las varias pistas rapeadas à la Beck, tendremos panderetas y riffs alegres y veraniegos y, acto seguido, emprenderemos un rápido sprint hacia la distorsión satánica y el ruidamen como en “Mutherfucker”, en la que puedes imaginarte a Beck de miembro de algún grupo de black metal noruego que se pasa las tardes de verano quemando iglesias. Todo ello regado y presentado de una forma que nunca acabas de tener claro si se trata de un artista increíblemente original que exprime sus obsesiones de forma transgresora y rompiendo moldes entre géneros o si le está tomando el pelo a todo y el mundo y hasta ahora ha colado. Y alguien que me hace pensar eso al escucharlo me divierte e interesa.

Videoclip de “Loser”

En 1996, año de gracia para la música rock clasificada como “independiente”, Beck salta a la fama mundial con uno de sus discos más populares: Odelay. Tras medio año “cortando, pegando, haciendo capas, doblando y, por supuesto, sampleando”, como él mismo dijo, el álbum se ofrece como un conjunto de piezas que podrían acompañar una versión desquiciada de Mad Men o una película de Wes Anderson, tanto por la estética como por cierta sonoridad naíf y una cuidada pátina sesentera en la producción, como es el obvio caso de “The New Pollution”. Odelay está llena de canciones estupendas, como “Devil’s Haircut”, “Where It’s At” (donde reza su mítico versito “I got two turntables and a microphone” y un videoclip extrañísimo en el que recoge basura, se pone una bata de mago y rapea en un aparcamiento… de nuevo, no sabes si se lo está tomando en serio o en broma, pero es inevitable sonreír), el sueño lisérgico-tropical de “Deadweight” (que forma parte de la banda sonora de A Life Less Ordinary, en España Una Historia Diferente – dir. Danny Boyle, 1997) o la hermosa “Jack-Ass”, que toma de sample el riff inicial de la preciosa versión de “It’s All Over Now, Baby Blue” que los Them! hicieron de la original de Bob Dylan. Se trata además de un álbum bastante largo, con muchos temas que salieron como single y que son ahora vulgata de Beck, de modo que se nota que estaba en buenas manos con sus productores (The Dust Brothers, productores de Beastie Boys) y en plena forma compositiva.

Videoclip de “Where It’s At”

En estos primeros discos, la sonoridad de las canciones y la producción elaborada diseñan un viaje por el complejo paisaje sonoro de “lo americano”. Hay un poco de Velvet Underground, un poco de Beastie Boys, un poco de blues de popes originarios como Blind Willie Johnson, folk de Woody Guthrie, ecos sureños con Mississippi John Hurt y, por supuesto, una fuerte influencia del hip-hop y el sampling, al que accedió mediante un pionero entre los DJ originarios: Grandmaster Flash. Tras el arrollador éxito comercial y de crítica de Odelay Beck transformó a los incrédulos que lo tildaban de “one-hit wonder” —aquellos músicos y bandas que, tras un primer y único petardazo, se diluyen en el olvido como lágrimas en la lluvia— en conversos convencidos de que este rubito aniñado, que tanto dirías que nunca había roto un plato como un minuto después parecer un descarte de Funny Games, tenía algo que decir y era muy digno de ser escuchado.

De nuevo, sus intereses y sensibilidades eran caleidoscópicas, y lanzó Mutations en 1998. Con un enfoque distinto al fuerte uso de samples de sus anteriores trabajos, intentó reforzar la presencia de músicos de estudio y procuró que el sonido transmitiera una sensación de “directo”. Para ello, se puso en manos de Nigel Godrich, productor nada menos que OK Computer de Radiohead, un disco que hoy en día está tatuado en el corazón de todo aquel que indagó en el rock alternativo de finales de los 90. El single más conocido de Mutations, “Tropicalia”, es una simpática sambita psicodélica que no abandona las corrientes subterráneas de distorsión y ruidos tan del gusto de Beck.

Vídeo de “Tropicalia” en directo

Aprovechando que se encontraba en una ola de creatividad, el año siguiente sacó Midnite Vultures, encomiable esfuerzo soulero y funkorro de un outsider, como si a Bob el Silencioso lo hubiera fichado el sello Motown. Recuerdo escuchar mucho sus dos primeros singles, “Sexx laws” (temazo de soul sesentero bajo el prisma Beck, con unos “hu-hás” que quién sabe si sacó de Chimo Bayo y cuyo videoclip incluye a Jack Black y electrodomésticos haciendo guarreridas, no digo más) o “Mixed Bizness”. La intención de Beck para este álbum era clara y explícita: hacer un disco animado, con ritmo, y que fuera divertido tocarlo de gira noche tras noche. Más ingenuo, más extrañamente alegre, para algunos más superficial y facilón, pero sin perder ni un ápice de la experiencia de un disco nuevo de Beck: ¿adónde nos llevará esta vez?

Videoclip de “Sexx laws”

En 2002, tras una ruptura traumática con su pareja de muchos años, publicó Sea Change, uno de sus discos más reputados. A diferencia de trabajos anteriores, aquí Beck aparcaba la experimentación y el corte performático para dejarse llevar por la introspección emocional y una reducción de los efectos electrónicos. El resultado es un disco hermoso, triste, eminentemente acústico, que enarbola con sentimiento pero sin sentimentalismo el dolor y la extrañeza por los que pasamos tras el fin del amor. A partir de la bonita y melancólica obertura, “The Golden Age”, en la que ya nos cuenta que “últimamente apenas voy tirando / ni siquiera lo intento”, y hasta “Side of the Road”, las canciones van hilvanando la suite de desamor de un cantautor inspirado, como en las preciosas “Guess I’m Doing Fine”, “End of the Day”o “Round the Bend”. El título es una expresión del inglés que designa el cambio de paradigma, el abandono de toda estructura anterior, muy acorde con la sensación que debía de tener al componerlo y grabarlo. Sus letras, normalmente irónicas y cargadas de simbolismo y su peculiar humor, son aquí transparentes quejidos de amor en su voz medio rota y tan característica. En Sea Change no tenemos al Beck chaval con “dos platos y un micro” y una sucesión de cortes y samples. Tenemos a un autor que hilvana desde su sensibilidad, sus referencias, su proyección vocal y su momento vital con ese filtro propio, allá donde se encuentran lo grunge, lo elevado y lo alienígena. El álbum, considerado el mejor de Beck por varios críticos de la época e incluso descrito como “su Blood on the Tracks” —en el rock, no hay disco de ruptura más fundacional, más jodidamente triste y bonito o que represente más a todo el que alguna vez perdió un amor, es decir, todos y cada uno de nosotros—, nos ofrece ese transcurso de una forma que puede sonar desapasionada pero totalmente sincera, dura y luminosa. Al terminar la escucha, la sensación no es tanto de algo que terminó y ya no volverá, sino de la esperanza de la superación y un posterior renacer. Después de fricadas de juventud, consolidación de potencial multi-estilo y divertimentos posteriores, agujerearse el corazón de esta manera y con un resultado así es digno de un artista mayúsculo.

Videoclip de “The Golden Age”

En 2005 sacó Guero, en el que volvió a ponerse bajo los mandos de Dust Brothers y utilizó tecnología punta para conseguir un sonido lo-fi, dando lugar a un disco que sonaba “demasiado bien”. Su single principal, “E-Pro”, tiene de nuevo una mezcla de riffs fuertes, el deje medio rapeado, medio cantado de Beck cuando se divierte y un estribillo pegadizo y muy susceptible de ser utilizado en un anuncio de Apple; pero también está la alegre y desenfadada “Girl”, cuyo estribillo reza “hey, manzana girl”. Se conoce que Beck estaba contento. Para The Information, en cambio, que lanzó el año siguiente, contó de nuevo con Nigel Godrich. En temas como “No Complaints” o “Think I’m In Love”, recurre a una mayor sencillez instrumental y de producción para contar sus historias de amor, extrañeza y friquez.

Videoclip de “E-Pro”

En los siguientes años sacó el disco Modern Guilt (2008, año además en el que vencía su contrato con el sello Geffen, con el que había estado desde prácticamente los inicios), el single “Timebomb”, y colaboró con varios artistas como Jack White, Seu Jorge, Pharrell Williams, Charlotte Gainsbourg, Jamie Liddell o Philip Glass, ahí es nada. También llevó a cabo el proyecto Record Club, en el que invitaba a músicos a versionar en un solo día un disco clásico de artistas como The Velvet Underground, Leonard Cohen o INXS, entre otros.

“Sunday Morning”, de The Velvet Underground, según el Record Club de Beck

Pero lo que sucedió a continuación te sorprenderá. En 2015 nuestro héroe lanzó Morning Phase, un disco fastuoso de madurez en el que canciones brillantes con arreglos equilibrados y un Beck inspirado me traen a la cabeza a unos Beatles tardíos, que no le temían a nada y simplemente hacían canciones inolvidables, una tras otra, con total libertad. Siempre salvando las distancias, claro, pero en este disco Beck está, como se dice en inglés, at the top of his game. Por lo menos fue suficiente para que Morning Phase ganara el Grammy al mejor disco del año dejando a los seguidores de Pharrell Williams, Ed Sheeran y muy notoriamente Beyoncé con la boca abierta. Lo que siguió fue una lamentable e innecesaria sarta de reproches a Beck y el clásico debate airado en redes sociales sobre quién es más artista que quién. Los premios, o, mejor dicho, las galas de premios y los ríos de tinta electrónica que se vierten comentando y opinando sobre ellos son sólo una forma más de onanismo gremial, pero una situación incómoda entre dos cracks tan dispares e improbables de juntar como Beck y Beyoncé bien merecía un parrafito. Volviendo al disco, “Blue Moon”, “Morning”, “Waking Light”, “Blackbird Chain”… hermosas, perfectas canciones pop.

Videoclip de “Heart Is A Drum” (una ensoñación entre Buñuel y Bergman, una preciosa melodía que merecería la aprobación de Crosby, Stills & Nash)

No contento con ello, Beck nos ha seguido regalando discos en los últimos años: en Colors (2017), cuyo proceso de creación se prolongó unos cuatro años y que también cosechó muy buena crítica y varios premios, “Dear Life” es como coger “Lady Madonna” de los Beatles y pasarla por el barro un rato, y la animada y enérgica “Dreams” tiene detrás al Beck rompepistas que podría encabezar el cartel de cualquier festival y darle un par de clases magistrales a los niñatos que van de guay. El álbum más reciente es Hyperspace (2019), cuya “Uneventful Days” nos demuestra que sencillamente Beck tiene un alijo infinito de canciones estupendas y que no tiene ninguna intención ni de hacer “something typical” ni de dejar de sacar discos, buenos discos encima, tan a menudo como le vayan viniendo.

Videoclip de “Uneventful Days”

A sus 50 años y con más de 30 de carrera y carretera encima, Beck nos ha ofrecido 14 álbumes de estudio, singles y numerosas colaboraciones, producciones y proyectos artísticos que trascienden el campo musical. De alguna forma extraña y —cómo no— tangencial, Beck me hace pensar en David Lynch: un imaginario muy específico, pero lo bastante amplio como para ser interesante durante mucho tiempo; una estética propia y muy reconocible; un sentido del humor tremendamente personal, y suficiente personalidad y variedad para que todas sus decisiones te hagan pensar “por supuesto, claro que ha ido por ahí” (aunque no lo haya hecho nunca). Por cierto: al final de la inclasificable (por supuesto) película de Lynch Inland Empire (2006) suena, precisamente, “Black Tambourine” de nuestro Beck.

Inland Empire y “Black Tambourine”

El mayor logro de este artista tan peculiar y personal es, en mi opinión, es que sólo Beck podría hacer lo que Beck hace. Y eso es decir mucho. Sólo de él podrían haber salido esas canciones, esos referentes visuales y sonoros, esos paisajes extraños y cercanos, porque él es extraño y cercano también. Que sigan viniendo los beats, el guitarreo, los ruiditos, el rapeo y los inefables falsetes muchos años más. ¡Gracias por la curiosidad y por la entrega, Mr. Hansen! ¡Felicidades y gracias por la música! 

Author: Milena

Girona, 1985. Escribo y canto siempre que puedo y me dejan. Apasionada diletante de todo lo que supone hacer cultura, nací en una familia muy dada al aprecio y práctica de la música, por lo que me fue muy fácil aprender y disfrutar de toda clase de estilos y haceres. Me licencié en Historia del Arte y pasé por una fabulosa banda de soul (The Basement, Girona) y un proyecto musico-teatral callejero (Las Hit Parades, Madrid), en los que aprendí muchísimo y cogí una costra estupenda. Actualmente colaboro como corista con la trovadora underground Rosario de la Aurora y soy miembro de un par de coros modernos en Madrid, donde pío con gusto. Colaboro también con artículos sobre temas variopintos en distintas publicaciones y portales, siempre vinculados con la cultura. De mí puedes esperar, entre otros, una cantidad absurda de reseñas sobre documentales musicales (y musicales sin documental), una pasión desaforada por el soul, cierto esnobismo tierno no siempre mal encaminado y todas las tildes diacríticas.

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