Viaje musical #1: Estados Unidos

Estaba yo el otro día incluyendo mis investigaciones en los archivos de la familia Notes, y me di cuenta de una cosa. Hasta ahora he hablado de elementos concretos de la música, como personas o géneros musicales, pero nunca he hablado de la música de una nación determinada, lo cual me deja un poco con la mosca detrás de la oreja.

Si algo tiene la música, por encima de cualquier otra disciplina artística, es que es un potentísimo medio de comunicación a través del cual se pueden entender personas de diferentes culturas sin conocer ni una palabra de los idiomas de los demás, con lo que estaría bien que de vez en cuando saliéramos de los sonidos que nos quedan cerca y que ya conocemos para ver de qué otras maneras han llegado diferentes culturas a la música. Teniendo en cuenta esto, voy a intentar incluir algún “viaje musical” entre mis investigaciones cada cierto tiempo, en el que os haga un mapa sonoro (por llamarlo de alguna manera) de la música clásica del país de mi elección, algo a lo que me voy a  poner desde ya mismo, empezando por un país cuya cultura nos es bastante familiar: Estados Unidos

No sé si os lo he contado alguna vez pero la familia Notes tiene parientes lejanos en Estados Unidos. Veréis, parte de mis ancestros tuvieron que abandonar nuestro querido Reino Unido debido a que el buen nombre de nuestra familia fue manchado por unos tales Sres. Holmes, que nos acusaban de suplantación de identidad, entre otras tonterías, y a los que les debía gustar mucho el queso porque al parecer no paraban de repetir “El Emmental” cada vez que alguien les preguntaba algo.

Volviendo a nuestro tema, cuando pensamos en la música de Estados Unidos nos pueden venir a la cabeza varias cosas: el sonido de los metales de la “Fanfarria para un hombre corriente” de Copland, sonando a todo trapo desde los altavoces de una flota de helicópteros mientras el presidente anima a los ciudadanos a luchar contra una invasión alienígena, a Duke Ellington dirigiendo su Big Band, o a Johnny Cash con su guitarra en la prisión de Folsom. Estésticas que asociamos mucho con ese país. Pero la realidad es que el escenario musical de Estados Unidos es muy variopinto, y a través de él podemos escuchar las diferentes experiencias de la gran variedad de personas que conforman su ciudadanía.

El enorme mundo que embutimos dentro del término “Música clásica” no es una excepción. Entre los clásicos estadounidenses encontraremos compositores que se decantaron por la estética del romanticismo europeo, un sonido que se puso muy de moda a medida que la música de los maestros del viejo mundo iba asentándose en el país y del cual numerosos compositores bebieron para desarrollar su estilo, pero que no fue el único estímulo extranjero en la música estadounidense. También tenemos la influencia de quienes se nacionalizaron en Estados Unidos huyendo de conflictos en sus países y llevando con ellos sus influyentes técnicas, como Rachmaninoff, Schoenberg o Stravinski. En el caso de Stravinski, habrá personas que incluso os lo presentarán como un compositor más estadounidense que ruso, dependiendo de a quién le preguntéis.

También de esta tierra nace el minimalismo, un movimiento surgido del rechazo hacia las cada vez más frías y complejas técnicas de la música contemporánea durante el siglo XX, y el cual dio luz a las carreras de los influyentes Philip Glass y Steve Reich. Y ya que estoy haciendo un repaso general veo necesario comentar la tan progresista como ignorada frase del compositor Antonin Dvorak, que residió durante una época en Estados Unidos buscando que ese país no dependiera tanto de las dominantes tendencias musicales alemanas y que  tuviera un sonido propio, un proceso que ya había tenido lugar en diversos países europeos y que llamamos “Nacionalismo musical” (no me malinterpretéis, este es un nacionalismo muy alejado de lo que nos intentan hacer tragar los políticos). Tras estudiar la música autóctona, Dvorak aseguró que el futuro de la música estadounidense residía en la cultura de los negros y los nativos, algo que no se limitó a decir sino que también lo puso en práctica, componiendo algunas de sus más célebre obras como la “sinfonía del Nuevo Mundo”, el “Cuarteto americano” o la “Sonatina para piano y violín”, algo que inspiró a no pocos compositores afroamericanos que desgraciadamente no fueron tomados en serio por motivos trágicamente conocidos por todos.

Este pequeño repaso es obviamente una simplificación de un universo muy rico y variado, y del cual os voy a presentar a ocho compositores con los que nos podamos hacer una idea de qué hay por esas tierras además de lo que ya conocemos, así que esta vez cambiad el té con pastas por café con tortitas y vamos allá:

Lowell Lieberman: Un compositor al cual en cierto modo podemos considerar conocido, ya que su  obra está bien asentada en el repertorio contemporáneo, pero es que la música contemporánea es un mundo en el que por mucho que un compositor sea una estrella, para el público general sigue siendo un desconocido. Lieberman fue un candidato al artículo de los nocturnos que se acabó quedando fuera, lo cual es una pena porque es un buen representante de la música tonal que se hace en la actualidad, que extiende los sonidos que nos imaginamos al escuchar el término “Música contemporánea”. Liebermann, que fue un brillante alumno de Julliard, tenía inclinación por la estética tonal y la sensibilidad del romanticismo, una personalidad compositiva que conservó gracias a su profesora Ruth Schontal, antigua alumna de Paul Hindemith y que le animó a no abandonar el estilo que a él le gustaba y no dejarse llevar por las modas compositivas de la época, dominada por un sonido completamente experimental y que buscaba romper con el pasado tanto como fuera posible. Su reticencia a emplear estos métodos de composición  le costó más de un reproche por parte de sus compañeros y profesores de Julliard, aunque a la larga le ha acabado dando igual porque ha conseguido convertirse en un compositor de éxito. Ya que no os lo pude enseñar en su momento, os dejo con uno de sus nocturnos, que son de sus obras más famosas junto con Gargoyles o la Sonata para flauta, todas muy recomendables.

Amy Beach: Una compositora cuya presencia ha ganado peso en los conservatorios pero que no acaba de llegar a la sala de concierto como lo están haciendo poco a poco Clara Schumann o Lili Boulanger. Su sinfonía Gaélica fue la primera escrita por una mujer en ser interpretada por una orquesta de renombre (la Sinfónica de Boston en este caso), y generalmente se le suele considerar la primera gran compositora estadounidense. Beach forma parte de la “Segunda escuela de Nueva Inglaterra”, un grupo de seis compositores que, a pesar de tener una fuerte influencia europea, quisieron empezar a crear una estética que tuviera un carácter más propio y que estuviera más en comunión con el resto de arte estadounidense.
Lo espectacular de Beach es que a pesar de no haber estudiado en Alemania (algo habitual en los aspirantes a compositor del país) ni con profesores particulares, debido a los límites sociales de las mujeres en esa época, a base de esfuerzo y trabajo se  ganó el respeto y admiración del resto de miembros de la Segunda Escuela, todos hombres.
Fue muy prolífica y tiene una gran cantidad de obras recomendables, como la ya comentada sinfonía, la romanza para violín y piano, el espectacular trío y el quinteto, del cual os dejo su segundo movimiento, que me parece sencillamente una maravilla.

Frank Zappa: Para sus fans acérrimos esto no será ninguna sorpresa, pero quien le conozca por sus temas rockeros tal vez se sorprenda al saber que Zappa también fue un compositor clásico cuyas obras han acabado siendo respetadas dentro del repertorio de la música contemporánea. El primer contacto que tuvo con la música fue a través de los clásicos rabiosamente contemporáneos de su niñez, como Schoenberg, Messiaen, Stravinsky o Edgar Varése, que fue su principal ídolo durante toda su vida. Su formación musical consistió en escuchar, estudiar y copiar a mano las partituras de estos compositores (además de tocar en grupos la música moderna de la época) alejado de cualquier sistema o institución, una experiencia que al crecer le hizo ser muy crítico con el establishment musical.
Compuso numerosas obras orquestales, que grabó con la London Symphony Orchestra en dos álbumes. El compositor Pierre Boulez también le dedicó un álbum llamado “The perfect Stranger” tras quedar muy satisfecho con una pieza homónima que le encargó a Zappa para su Ensemble Intercontemporain, con el que hizo las grabaciones y cuyos miembros acabaron agotados tras la autoritaria exigencia que Zappa demostró tener. No os esperéis rock setentero o piezas gershwinianas donde se mezclen estilos de música moderna con la clásica. Su obra clásica suele ser música contemporánea dura donde se nota qué tipo de compositores influyeron en el gusto de Zappa.

Samuel Barber: El pobre Samuel Barber no debería estar en esta lista, y de hecho, más de una persona habrá puesto en duda mi criterio tras ver su nombre aquí. Sin embargo, hay un buen motivo por el que definiría a Barber como un compositor por descubrir. Una de sus obras, el famosísimo Adagio para cuerdas, forma parte de ese reducidísimo grupo de piezas clásicas que están grabadas a fuego en la mente de absolutamente todo el mundo, al nivel del nocturno nº2 de Chopin o la Canción de cuna de Brahms. Además del éxito que tuvo en el momento de su composición, el adagio quedó inmortalizado para siempre por Oliver Stone con el icónico uso que hizo de este en su película Platoon. Pero a pesar de lo que pueda parecer, la realidad es que el Adagio es tan famoso que ha acabado por eclipsar hasta el nombre de Barber, y es que de todas las veces que he hablado de esta obra con amantes de la música, creo que jamás nadie me ha reconocido ni al adagio ni a Barber por su nombre, a pesar de que luego han reconocido la obra, y por eso he decidido considerarlo desconocido (aunque en realidad no lo sea). En su obra podemos ver lo que se llama neoromanticismo, que simplemente consiste en la misma estética del romanticismo pero con una visión más contemporánea, donde se pueden escuchar disonancias y ritmos más actuales. Son muchas las piezas que merecen la pena: Su cuarteto, el concierto para violín, los souvenirs… pero me gustaría destacaros una de mis favoritas: Las excursiones, que son 4 pequeñas piezas para piano en las que Barber quiso retratar formas de la música popular estadounidense a través de las lentes de su experiencia clásica. La tercera, que aquí os dejo, consiste en una serie de variaciones sobre la canción “The streets of Laredo”.

Dave Brubeck: El caso de Brubeck es muy parecido al de Frank Zappa, ya que ambos son figuras destacadas de la música moderna que recibieron una fuerte influencia clásica en sus inicios. En el caso de Brubeck, no contento con ser una de las figuras de más éxito del jazz, también hizo varias incursiones en el escenario clásico, publicando un corpus notable de música muy interesante. Debido a que fue su centenario hace poco, dediqué una de mis investigaciones a su obra, a la que recomiendo que le echéis un ojo (o una oreja) aquí.

Edward MacDowell: Un músico cuya formación es el resultado de un cruce de culturas, ya que empezó estudiando durante su niñez con el colombiano Juan Buitrago y la venezolana Teresa Carreño, y completó su formación durante su adolescencia en París y Alemania. Como Amy Beach, también es un miembro de la Segunda Escuela de Nueva Inglaterra, y el más representativo. Se le considera el primer músico estadounidense de gran fama que empezó a poner su música en comunión con las artes y la naturaleza de su país, que acabaría derivando en un sonido característico estadounidense en el futuro. A pesar de que en su momento gozó de mucha fama en América y Europa, y de que en su país podríamos considerarle todavía conocido, su imagen no se ha cimentado con tanta fuerza como cabría esperar debido a su rápido declive.
Uno de los muchos logros de los que Mac Dowell se podía enorgullecer era el de ser el jefe del departamento de música de la Universidad de Columbia, donde también tiró adelante muchos proyectos musicales. Tras enfrentarse a la dirección de la universidad tuvo que abandonar el puesto, lo que supuso un golpe para él. Esto, unido a problemas de estrés, depresiones, insomnio y un accidente en un carruaje deterioró su estado hasta dejarlo en un estado que rozaba lo catatónico. Su mujer convirtió una querida propiedad suya en un refugio para artistas de todas las ramas, cumpliendo así con la visión que tenía MacDowell de la cultura ya que él era un artista multidisciplinar. Este fue un refugio del que por cierto Amy Beach fue una usuaria habitual en la etapa final de su vida.
MacDowell tiene algún que otro trabajo que todavía goza de  fama, como su segundo concierto para piano o la pequeña “To a wild rose”. Es en sus miniaturas para piano donde su técnica parece encontrarse más a gusto, como las suites “Woodland Sketches”, “Fireside Tales” o “Sea Pieces”; en las que se puede apreciar muy bien sus intenciones para con la estética americana.

Florence Price: Vivimos en una época ideal para reivindicar a compositores injustamente tratados por el período histórico que les tocó vivir, y no se me ocurre un mejor ejemplo que el de Florence Price, ya que su vida está marcada por la brillantez y destacó allá donde fue. Price nació en el seno de una familia negra acomodada de Little Rock, Arkansas, que vivía en un barrio relativamente abierto a nivel social. Empezó a tocar y componer a los 4 años animada por su madre, para estudiar más adelante con una profesora local mientras acababa el instituto, del cual se graduó siendo la portavoz de la promoción.
Un recrudecimiento del racismo le hizo buscar oportunidades en el norte, donde entró en el conservatorio de Nueva Inglaterra, uno de los pocos conservatorios que aceptaba a negros. Allí despuntó de tal manera que acabó recibiendo clases particulares de George Whietfield Chadwick, miembro de la Segunda Escuela (compañero de Beach y MacDowell) y director del centro. Se acaba graduando con dos licenciaturas: piano y órgano. Tras los estudios intentó volver a Arkansas para hacer allí su carrera, pero el racismo era tan fuerte en ese estado, y en general en todo el sur, que se produjo un éxodo de la población afroamericana el Norte, que hizo que Price acabara en Chicago.
Allí, a pesar de éxitos notables como el estreno de su primera sinfonía por la Sinfónica de Chicago en 1933 o que su canción My soul’s been anchored in the lord fuera interpretada en el Lincoln Memorial en 1939, en un concierto en el que Eleanor Roosevelt intercedió para que pudiera asistir y participar todo el mundo evitando así las leyes raciales de la época,  su obra no acabó de cuajar, haciendo que con el paso del tiempo su nombre sea desconocido. Destacan la ya citada sinfonía, el “concierto para piano en un movimiento”, las “Counterpoint folksongs”, las “Fantasías negras” y un gran corpus de canciones.

William Grant Still: Hablar de William Grant Still implica hablar de triunfos y situaciones pioneras, y es que no en vano recibe el sobrenombre de “El decano de los compositores afroamericanos clásicos”. De hecho, se me hace bastante difícil resumir la carrera de este todoterreno en un simple párrafo. Su familia fue la encargada de ponerle en contacto con la música, ya que su padrastro le compraba discos de ópera y le llevaba a conciertos cuando podía, y a través de su abuela materna conoció los espirituales negros. Estudió violín con un profesor particular, pero de manera autodidacta aprendió a tocar un gran número de instrumentos, incluyendo el clarinete, el saxo o el contrabajo. Estudió en el conservatorio de Oberlin y más tarde en el New England Conservatory con George Whitefield Chapstick, igual que su compañera Florence Price, e incluso llegaría a complementar su formación con el compositor Edgar Varese. Tras su formación se mudó a Nueva York, donde también entró en el mundo de la música popular trabajando en Broadway, una nueva faceta suya que más tarde le llevaría a hacer arreglos para Big Bands o bandas sonoras, incluyendo alguna para el gran Frank Capra. Se adhirió al movimiento del Harlem Renaissance, que quería reivindicar las contribuciones artísticas afroamericanas, con lo que llevó incluso más allá la inclusión del folclore racial  que ya estaba presente en su obra. Still tuvo una larga y prolífica carrera, y compuso un gran número de música muy ecléctica. Destacan su sinfonía nº1 “Afroamerican”, que fue la primera de un compositor negro en ser interpretada por una gran orquesta sinfónica, estrenada por el compositor y director Howard Hanson, con el que forjó una buena amistad; la obra para piano “Summerland”  y otras obras para orquesta (el territorio en el que más se movió) como “Darker America”, “Lennox Avenue” o cualquiera de sus otras sinfonías u óperas.

Tras este primer viaje, a un sitio que tampoco es que nos suponga un gran esfuerzo, es probable que me aventure por culturas que nos queden más lejos, y es que ¡nunca se sabe dónde vamos a encontrar nuestra próxima obra favorita! Como siempre, en Spotify tenéis más cosas, que espero que os animen a hacer vuestros propios hallazgos.

Otras investigaciones de Sherlock Notes:

Author: Rafa Roca

Barcelona, 1.996. Titulado superior de piano clásico en el Conservatorio del Liceo. Siento un hambre voraz por todo tipo de música, que me ha llevado a realizar proyectos en varios ámbitos tanto de la música clásica como de la moderna, entre los que se incluyen varios recitales de piano solo, actividad docente, una actuación en el Salón del Manga, la creación del grupo Porbou o incluso un pequeño dúo con Chick Corea. Tengo un especial cariño a la música desconocida o infravalorada, que siempre intento dar a conocer ya sea programándola en mis conciertos, haciendo difusión en mis clases o con los artículos que podéis leer en este blog.

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

3 + dieciseis =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.